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"EL CAMINO DEL COLORADO EN EL FOLKLORE"


Esteban López, Colorado

Nací acunado por el mar, dentro de esa gran panza que fue mi pueblo, Necochea, al sur de la provincia de Buenos Aires, ciudad moderna de inmigrantes medios sin muchos pobres, allá por la década del ’60, que portaran raíces americanas, como le sucedió en cambio a la gran Buenos Aires. 

Me crié con música en inglés por la radio y por los boliches bailables. Y lo más nativo que hacíamos era armar una “Peña”, que era, para nosotros, sinónimo de “juntarnos”, como lo heredamos de España todos los argentinos (La diferencia es que en España significa juntarse hasta para hinchar por un cuadro de fútbol, como La Peña del Real Madrid, supongamos. En cambio en nuestra Argentina quedó para juntarnos sólo en torno a lo más nuestro, que es  nuestro folclore, es decir, las costumbres que más nos diferencian de los otros pueblos, que nacen de nuestro paisaje y de nuestras vivencias. Así se volvió común a nosotros cantar en torno a un fogón y a un jugoso asado). Pero en Necochea, como éramos de clase media admiradora del exterior (desde donde llegaron nuestros abuelos “gringos” o inmigrantes) y no teníamos crianza folclórica o tanguera, armar una Peña era juntarnos para guitarrear “rock nacional” o de Los Vétales, y no folclore o tango. En la ciudad, los jóvenes burgueses considerábamos “bajo” o inferior al folklore y al mate...
de los peones del campo, de los obreros...

Sólo mi tío Cacho Vega, oriundo de Dolores, provincia de Bs. As. (en donde se festeja anualmente la Fiesta de la Guitarra en honor a Don Abel Fleury), me cantaba folclore tradicional en los domingos familiares con asados en el Parque Miguel Lillo.  Y su folclore me gustaba mucho!! 

Durante mi adolescencia, mi vida carecía de ideales y de valores profundos.

A mis dieciséis años me declaraba ateo y recuerdo que me aterraba pensar en la muerte.

Luego caí en una gran crisis personal, y conocí el Cottolengo u hogar para discpacitados, de los curas de Don Orione, en Claypole, y me quedé a vivir como seminarista haciendo la preparación para ser cura o sacerdote.

La religión católica fue mi primera ideología, que me dio identidad, porque me dio un sentido, una dirección, un saber de dónde vengo y hacia dónde voy, una identidad y una pertenencia en la fría Necochea de los largos inviernos. Los jóvenes burgueses éramos fríos para saludarnos. Y en la Congregación de Don Orione conocí el abrazo criollo que se dan los amigos, el poncho contra los crudos inviernos en estas pampas, el mate solitario en las madrugadas, y el mate compartido a las cinco de la tarde con guitarras y folclore que traían los seminaristas recién llegados del interior: había tucumanos, santiagueños, correntinos, chilenos, paraguayos, uruguayos, casi todos con mucho folclore en el alma y muchas veces vivido como un compromiso ideológico, de vida.

Allí comencé a escuchar la música y las canciones religiosas con ritmos folclóricos del finado Padre Osvaldo Catena, de Benito Juárez, provincia de Bs. As.. Luego, a fines de 1983, conocí al Abad benedictino del monasterio de Los Toldos, Mamerto Menapace, escritor, poeta y narrador de cuentos criollos, amigo de Landriscina. Luego al cura gaucho, el Padre o Paí Julián Zini, poeta y autor de chamamés gloriosos de la provincia de Corrientes que inmortalizaron “Los de Imaguaré”.  Por esos años descubrí la filosofía como ciencia a la que adopté como herramienta y modo de observar el mundo, para toda mi vida. Luego descubrí gracias al Padre, filósofo y teólogo Lucio Gera, uno de los más importantes de América Latina en los años setenta, dentro de la Iglesia Católica, la rama de la Filosofía de las Culturas, en la que me enrolé y a la que veo hasta hoy como una Filosofía de los Folclores de los pueblos.  

En el seminario había un cura de la Congregación de Don Orione que trabajaba con los jóvenes más castigados por la pobreza en las villas miseria y asentamientos suburbanos. Había fundado el “Movimiento del Buen Viaje”, con otro cura, su líder carismático, el ex Padre “Pajarito”, Carlos Fernández en el año 1976, y con “Chiche” Mezzer, uno de los más grandes filósofos y el más práctico que he conocido en mi vida.  Ellos producían festivales de música y baile en cada “villa”, muy participados con el público invitado, donde mechaban entre canción y baile alguna obra de teatro, un audiovisual, algún testimonio de jóvenes que habían dejado la droga, el hurto, el alcohol, la cárcel, etc... Allí se bailaba y cantaba folclore, si bien no exclusivamente.
Eso sucedía en los sábados, pero durante la semana me acostumbré, como en los años de seminario, a trabajar con grupos masivos, en proyectos de desarrollo social, bolsas de trabajo, cooperativas, ediciones gráficas y de video, emprendimientos radiofónicos barriales, grupos de teatro popular, grupos terapéuticos, realización de festivales masivos de música donde predominaba el folclore, a viajar a las Fiestas Populares del interior de nuestro país, etc.. 

Luego, por idea de Mezzer,  ese movimiento se transformó en algo más completo que diera solución integral a los jóvenes recuperados, pasando a trabajar con todas sus familias. Pasó a llamarse “Ser.Cu.Po.”, Servicio a la Cultura Popular, y pasó a ser una Cooperativa de Consumo y de Trabajo. Corrían los años 1983. Yo justo conocí el Movimiento en pleno cambio o paso de un estilo, de un nombre a otro. Este último llegó a tener más de cien almacenes comunitarios en cien barrios pobres de Capital y Gran Buenos Aires donde se distribuían los alimentos.
En esos años de trabajo social conviví con la gran masa de migrantes del interior a Buenos Aires en busca de trabajo y de salud, que arribaban con sus costumbres, su folclore, sus valores..
Años después cuando fundé La Peña en 1997, llevaba en el horizonte de mis ojos una idea de Peña como espacio de encuentro y de creatividad popular como todo lo que había realizado en las capillas de los barrios y luego en sociedades de fomento, más que de apenas un boliche de folclore y venta de bebidas y empanadas, que no es poco, claro.

Mi contacto con Ser.Cu.Po. hizo que abandonara el Seminario en 1987 y me dedicara fuertemente al compromiso social y al folclore. A fines de la década de 1980 escuché por radio “El payador perseguido” de Don Atahualpa Yupanqui, y adopté esa obra como “mi nuevo Martín Fierro”.

Así fue como el folclore me dio el más alto sentido para mi vida: el folclore como arte en una poesía y una música comprometidas con el paisaje y con la historia presente de mi gente. El folclore como la metáfora más nuestra.
Además el folclore me lleva a encontrar más verdades y más herramientas para proyectarme hacia el futuro en el mismísimo pasado, lejano o remoto, mucho más que en el “progreso científico-técnico”. Encuentro mucho más sentido para mi vida, y para “saber” recibir el “progreso”, en las engañosamente llamadas “subdesarrolladas” provincias de Jujuy o de Santiago del Estero (donde aún se habla quichua o aimara), que en los “avanzados edificios rascacielos” de Buenos Aires.

“Don Orione” y los Movimientos del “Buen Viaje” y “Ser.Cu.Po.” me ayudaron a descubrir que los pobres, los campesinos, los obreros del campo, los aborígenes, la gente de los pueblos chicos a quienes no les llegó el “progreso” como me llegó a mí, tienen en su sangre la historia, las raíces y los valores que yo buscaba tanto, como sentido para mi vida. 

Recuerdo la frase: “El Corazón tiene razones que la Razón no entiende”. El Folclore está en el camino de la Sabiduría del Corazón, que no niega la Razón, sino que la envuelve en el cuerpo y sus más profundos y originales sentidos. Por eso siempre el folclore nos remontará a nuestro pasado, a nuestros orígenes, que nos dan el sentido de nuestra flecha para proyectarnos a un sano progreso y a un desarrollo integral, y no desequilibrado. Esto es romántico, claro, pero también cotidianamente práctico.

La Peña es poncho que nos cubre ante el desarraigo y nos abriga de la fría soledad “amontonada” en la que vivimos dentro de esta ciudad gigante con babilónicas torres cada vez más altas, ya sean porteños o quienes vamos llegando incesantemente de tierra adentro.

Este compromiso significa para mí La Peña del Colorado, como ideología, como filosofía, y como proyecto de vida hoy.

Esteban López, Colorado